Sendero a Jerusalén

El humo se ha vuelto
otra estación.

Un elemento.

Se concentra alrededor de los árboles haciendo que
sus hojas parezcan pesadas, una curva
en ese tronco insinuando un recogimiento pero
cada cosa está justamente
en lo suyo, mientras camino a través de un bosque
que está anticipando el banquete de fuego
que viene bajo un tapete murmurante de cigarras.

En otra parte explotan llamas al tocar
ricos aceites de eucalipto,
diminutas flores blancas perdidas en una explosión solar

¿Terminará mi época tan
oscuramente untada & furiosa? Quizás
no hay alternativa
– los veranos nunca se rinden –
Siempre es guerra declarada contra el calor
por un viento que socava mientras el mundo se voltea
para calentar su otra mitad.

Escribo esto mientras me siento
sobre un peñón mirando abajo al Hawkesbury
mirando al joven trepar la pendiente
(tanta energía,
vertiéndose inútilmente).

Date vuelta y mira un hombre viejo, atrás,
no avergonzado de ser sorprendido en sus pensamientos acerca de mí.

Así que nosotros también somos las estaciones.

Somos también humo. Libre e inevitable.

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